Aproximaciones a la política latinoamericana 1990 – 2017

La política latinoamericana ha experimentado numerosas y profundas transformaciones en las últimas décadas. Sin embargo, los análisis sobre el escenario en la región presentan diferencias importantes. Para algunos analistas, en América Latina el populismo es endémico, los presidentes fuertes imponen sus agendas políticas, los partidos políticos son débiles tanto en el plano organizativo como en las arenas de gobierno y electoral. Para otros, en cambio, la región ha logrado importantes avances en materia de estabilidad política, de competencia y alternancia entre partidos de diferente orientación y hasta de reconfiguración de los poderes presidenciales.*
De América Central al Cono Sur, a partir de la flexibilización de la restricción respecto de la reelección que se inició en la década de 1990, es creciente el número de presidentes en ejercicio que hacen todo lo posible por extender sus mandatos, incluso más allá de dos períodos, y el número de ex presidentes que buscan volver (Corrales, 2009: 60)¹. Respecto de estos últimos, hay una serie de factores que determinan la factibilidad de su retorno: el contexto, la edad, la popularidad al momento de dejar la presidencia, y la herramienta para competir ya que sin una poderosa organización partidaria, el regreso se vuelve menos factible². Acerca de los primeros, la demanda de caudillismo, la preferencia innata de la región por el status quo, la fuerza de las instituciones de Estado en relación a las fuerzas políticas del país, y la fragmentación del sistema de partidos propician la “ventaja del titular”. Ésta otorga a los presidentes en funciones una mayor probabilidad de ganar las elecciones respecto de sus rivales. Dicho fenómeno se extiende a todas las democracias presidenciales, pero es significativamente más pronunciado en nuestra región. No obstante, esta ventaja se limita a los presidentes que buscan la reelección y no beneficia a sus partidos, los cuales tendieron a ser derrotados cuando el candidato no era quien ocupaba el cargo de primer mandatario. Asimismo, la ventaja está restringida a los países que permiten la reelección consecutiva³.
La ventaja distintiva de los presidentes les permite adquirir lealtades políticas gracias a su poder para manipular la opinión pública por medio de las instituciones y recursos del Estado así como también a la posibilidad de hacer nombramientos en las distintas ramas del gobierno y ofrecer contratos y favores al sector privado. La cancha inclinada de los presidentes no es un buen presagio para la democracia en tanto los presidentes que han sido reelectos tienden a sentirse excesivamente poderosos al mismo tiempo que la oposición se ve disminuida. Como resultado, tienden a producirse profundas crisis, incrementarse la fragmentación y erosionarse el equilibrio del Ejecutivo. La diferencia resultante entre candidatos presidenciales “compromete el sistema de controles y el equilibrio esenciales para la democracia”⁴.
Sin embargo, también es cierto que el poder de los presidentes se ve afectado por una serie de limitaciones. Existen limitaciones de tipo estructural que determinan que, en los países en desarrollo, los votantes suelen premiar o castigar a sus presidentes por causas ajenas a su gestión que dependen en general de las condiciones económicas propiciadas por el contexto internacional. Además, hay limitaciones institucionales y sociales. Los presidentes son fuertes mientras los demás poderes lo permiten, y la ira popular es efectiva en el enfrentamiento a medidas indeseadas. A su vez, el mandato presidencial está sujeto a limitaciones vinculadas a crisis económicas, escándalos de corrupción, ruptura de coaliciones gobernantes, y manifestaciones populares. Finalmente, los presidentes se ven limitados en su capacidad para imponer sucesores y controlarlos así como también en su capacidad ambulatoria una vez que han dejado el cargo⁵.
“Antes de la tercera ola de democratización, la mayoría de las crisis presidenciales -situaciones en las cuales una de las ramas electas del gobierno intenta disolver la otra- había desembocado en alguna forma de intervención militar” (Pérez Liñán, 2009: 77-78). Empero, desde la década de 1980, América Latina se ha enfrentado a un patrón característico de inestabilidad institucional que representa una ruptura con el pasado en tanto los gobiernos elegidos democráticamente continúan cayendo, pero sin acarrear un derrumbe de los regímenes democráticos (Pérez Liñán, 2009: 19-20). Dicho fenómeno sugiere que las elecciones directas no proporcionan a los presidentes la legitimidad suficiente para cumplir sus mandatos cuando se ven desafiados en torno a la implementación de políticas económicas neoliberales, su involucramiento personal en escándalos y su status minoritario dentro del Congreso (Hochstetler, 2008: 52-55).
En la actualidad, las élites civiles deben optar por mecanismos constitucionales en la resolución de disputas ya que no pueden recurrir a la intervención de los militares dados los episodios dictatoriales recientes y la disminución de la capacidad o la reticencia de las Fuerzas Armadas de intervenir en la política a largo plazo (Pérez Liñán, 2009: 81). Es en este contexto que el juicio político al presidente se erige como instrumento para “desplazar presidentes “indeseables” sin por ello destruir el orden constitucional” (Pérez Liñán, 2009: 20). Los escándalos y la política legislativa son claves para explicar el juicio político, pero la movilización masiva constituye el factor fundamental que lleva a la remoción del presidentes independientemente del procedimiento empleado para alcanzar ese objetivo (Pérez Liñán, 2009: 35). Pareciera ser que los partidos y los políticos se han vuelto menos capaces de canalizar las demandas sociales en el marco de las instituciones políticas existentes (Hochstetler, 2008: 69).
Tanto ex presidentes que aspiran a volver al poder como presidentes en ejercicio que se las arreglan para extenderse en el poder pese a los límites constitucionales constituyen una nueva versión de caudillismo latinoamericano.  Se sienten llamados a combatir a la “derecha” integrada por los partidos rivales indistintamente de su ideología y plataforma⁶. “Estos nuevos caudillos son propensos a polarizar y a desinstitucionalizar el sistema político, y por ende, son riesgosos para la democracia” (Corrales, 2009: 56).

Antes del surgimiento del Estado de bienestar, los partidos se constituían sobre dos pilares: la lealtad de por vida y los programas ideológicos. Su función principal era la representación en tanto canalizaban las demandas de la sociedad al Estado e implementaban, desde el parlamento, políticas favorables a sus grupos de apoyo. De un tiempo a esta parte, los partidos han tenido que adaptarse a la profesionalización del Estado, la diversificación de la sociedad y el desarrollo de las tecnologías de la comunicación. Ahora, el Estado requiere grandes cantidades de funcionarios y los militantes han pasado a ser empleados públicos. Además, “hay más clases sociales integradas al mundo y clases sociales más vulnerables,  sectores formales e informales, y movilidad social”. Asimismo, las nuevas tecnologías socavaron el predominio de los nexos partidarios dado que electores y representantes pueden establecer intercambios sin intermediarios a través de las redes sociales⁷.
“En todas las democracias hay un acuerdo respecto de los partidos como esenciales para el funcionamiento de la democracia. Sin embargo, al mismo tiempo, en gran parte de los sistemas democráticos, la opinión pública está caracterizada por una insatisfacción con, y desconfianza en, los partidos políticos”. La propia naturaleza del presidencialismo podría generar dicho sentimiento anti-partido ya que reduce el papel de los partidos en la producción y sostenimiento de los gobiernos haciendo menos probable que los partidos articulen programas de gobierno y políticas públicas amplias. Además, las elecciones presidenciales tienden a debilitar la posición de los partidos dado que el presidente no es electo como líder de un partido, y los candidatos podrían incluso, ser outsiders sin ningún vínculo partidario (Linz, 2004: 187-189).
Dicho fenómeno se ve propiciado por graves crisis económicas y sociales como las que tuvieron lugar en América Latina a fines de la década de 1980. La combinación de altísimos niveles de deuda externa e inflación y un bajo crecimiento económico derivó en que las élites políticas de la región implementaran planes de ajuste que permitieron controlar la inflación y aumentar el crecimiento económico. Al mismo tiempo, las medidas de privatización, desregulación y achicamiento del Estado incrementaron los niveles de pobreza, desempleo y desigualdad. Este empeoramiento de las condiciones sociales devino en un aumento de la conflictividad social que terminó llevando a amplios sectores de la sociedad a demandar el abandono del ajuste y la adopción de nuevas y diferentes políticas económicas⁸.
Los planes de ajuste fueron llevados a cabo con amplio consenso por los partidos del centro político. Es por ello que los partidos de centroizquierda y centroderecha tuvieron dificultades para retener votos en el centro y evitar que se fuguen hacia los extremos del espectro ideológico. Además, este escenario de crisis de representación de los partidos tradicionales que no pudieron adaptarse a los nuevos issues, posibilitó la emergencia de nuevos líderes políticos que podían canalizar las demandas de rechazo manifestadas por la ciudadanía y que serían protagonistas de un recambio de la clase política⁹. No obstante, también es fundamental tener en cuenta que las fallas en el rendimiento de los partidos no conducen, per se, a una crisis de representación. Para que el desempeño insatisfactorio de un partido de inicio a un proceso de desafección partidaria es necesario que exista una brecha entre las expectativas y los resultados, y que ésta sea adjudicada a la acción o inacción de los dirigentes partidarios. En consecuencia, la crisis de representación es “el fruto de la existencia de una masa de ciudadanos movilizada en torno a la fiscalización del desempeño de los líderes políticos y el cumplimiento de sus promesas electorales” (Torre, 2003: 9-11).
Más allá de los factores económicos y sociales que fortalecen y debilitan a los partidos políticos, también debe considerarse el rol que cumple la dimensión ideológica. En democracias estables, los partidos deben competir por el voto de la mayoría de los ciudadanos. En torno a ese objetivo, se genera un cierto nivel de pragmatismo que se vuelve más frecuente con el paso del tiempo. Tras la Revolución neoliberal y la caída del Muro de Berlín, el espectro izquierda-derecha se ha visto reducido. Hoy, la diferencia entre ambos extremos no se asemeja a la que antaño dividiera al mundo en dos polos. No obstante, en el mediano a largo plazo, los partidos se ven fortalecidos por la polarización programática ya que de lo contrario los ciudadanos comienzan a sentir que no están representados por ninguno de ellos¹⁰.
La indiferencia o el desprecio hacia la política aparece incluso en las democracias más estables. De profundizarse, el proceso podría volverse riesgoso en tanto una democracia no puede sostenerse con una ciudadanía completamente indiferente. Finalmente, si desaparece toda distinción entre izquierda y derecha, la democracia entrará en una crisis de la que, paradójicamente, podrían surgir movimientos que reivindiquen el conflicto y favorezcan la polarización de la sociedad¹¹.

*El trabajo fue realizado en el marco de la materia Sociología Política de la cátedra a cargo de Miguel De Luca en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.

Notas
1. Malamud, Andrés y Miguel De Luca. “El regreso de tu ex… presidente”, El Estadista, 16 de noviembre de 2016. Disponible en: http://elestadista.com.ar/?p=11664
2. Malamud, Andrés y Miguel de Luca. Op. cit.
3. Corrales, Javier. “La cancha inclinada de los presidentes”, Bastión Digital, 2 de septiembre de 2014. Disponible en: http://ar.bastiondigital,com/notas/la-cancha-inclinada-de-los-presidentes
4. Corrales, Javier. Op. cit.
5. Malamud, Andrés y Leiv Marsteintredet. “Lula, Humala y el mito del hiperpresidencialismo”, Ideas La Nación, 18 de julio de 2017. Disponible en: http://www.lanacion.com.ar/2044690-lula-humala-y-el-mito-del-hiperpresidencialismo
6. Pellet Lastra, Ramiro. “Sillón vacío: los líderes regionales, sin sucesores.”, La Nación, 28 de febrero de 2016. Disponible en: http://www.lanacion.com.ar/1875078-sillon-vacio-los-lideres-del-socialismo-del-siglo-xxi-se-quedan-sin-herederos
7. Malamud, Andrés. “los partidos se ríen de sus sepultureros”, La Nación, 21 de octubre de 2015. Disponible en:  http://www.lanacion.com.ar/1838207-los-partidos-se-rien-de-sus-sepultureros
8. Freidenberg, Flavia y María Esperanza Casullo. “Cuando se vacía el centro: el ascenso de partidos y políticos outsiders en América Latina y Europa”, El Diario (España), 30 de septiembre de 2014. Disponible en: http://www.eldiario.es/agendapublica/nueva-politica/politicos-outsiders-America-Latina-Europa_0_308669600.html
9. Freidenberg, Flavia y María Esperanza Casullo. Op. cit.
10. “¿Tienen ideología los partidos políticos latinoamericanos?”, Infobae, 14 de septiembre de 2014. Disponible en: https://www.infobae.com/2014/09/14/1594519-tienen-ideologia-los-partidos-politicos-latinoamericanos
11. “Por qué la izquierda y la derecha pasaron de moda”, Infobae, 7 de diciembre de 2014. Disponible en: https://infobae.com/2014/12/07/1613569-por-que-la-izquierda-y-la-derecha-pasaron-de-moda/

Bibliografía
Corrales, Javier (2009). “Volatilidad Económica, Debilidad de Partidos y el Neocaudillismo en América Latina”, en Journal of Democracy en español, Vol. 1, julio, 55-76.

Corrales, Javier (2014). “La cancha inclinada de los presidentes”, Bastión Digital, 2 de septiembre. http://ar.bastiondigital,com/notas/la-cancha-inclinada-de-los-presidentes (Consultado 27 de octubre de 2017)

Freidenberg, Flavia y María Esperanza Casullo (2014). “Cuando se vacía el centro: el ascenso de partidos y políticos outsiders en América Latina y Europa”, El Diario (España), 30 de septiembre. http://www.eldiario.es/agendapublica/nueva-politica/politicos-outsiders-America-Latina-Europa_0_308669600.html (Consultado 27 de octubre de 2017)

Hochstetler, Kathryn (2008). “Repensando el presidencialismo: desafíos y caídas presidenciales en el Cono Sur”, en América Latina Hoy, 49, 51-72.

Linz, Juan (2004). “Los partidos políticos en las democracias contemporáneas: problemas y paradojas”, en POSTData, Nº 10, diciembre, 197-224.

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Malamud, Andrés y Leiv Marsteintredet (2017). “Lula, Humala y el mito del hiperpresidencialismo”, Ideas La Nación, 18 de julio. http://www.lanacion.com.ar/2044690-lula-humala-y-el-mito-del-hiperpresidencialismo (Consultado 27 de octubre de 2017)

Pellet Lastra, Ramiro (2016). “Sillón vacío: los líderes regionales, sin sucesores.”, La Nación, 28 de febrero. http://www.lanacion.com.ar/1875078-sillon-vacio-los-lideres-del-socialismo-del-siglo-xxi-se-quedan-sin-herederos (Consultado 27 de octubre de 2017)

Pérez-Liñán, Aníbal (2009). Juicio político al presidente y nueva inestabilidad política en América Latina, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires.

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Torre, Juan Carlos (2003). “Los huérfanos de la política de partidos. Sobre los alcances y la naturaleza de la crisis de representación partidaria”. http://www.cienciapoliticacbc.com.ar/wp-content/uploads/2017/03/Los-huerfanos-de-la-politica-de-partidos-Torre.pdf (Consultado 28 de octubre de 2017)

IMAGEN: oas.org

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